1. El orden mundial en la primera mitad del siglo XXI

El gran conflicto del siglo XX

El orden mundial durante la Guerra Fría se caracterizó por una división de las sociedades humanas, de manera mayoritaria, en dos bloques ideológicos. Estos dos bloques poseían características ideológicas incompatibles. A grandes rasgos: el liberalismo occidental propone un sistema de libertades individuales y económicas; el comunismo propone el colectivismo social y el control económico.

Extrañamente, el factor que imposibilitó la coexistencia entre ambos bloques, y los convierte en mutualmente excluyentes, es la universalidad de sus preceptos. Al tener dos posiciones confrontadas y un objetivo expansivo, se dieron las circunstancias para un conflicto competitivo que estuvo al borde de barrer ambos modelos de civilización. No se hubiesen dado estas circunstancias si cada bloque decidiese desarmarse y vivir pacíficamente dentro de sus dominios; lo cual hubiese sido apropiado, ya que en teoría ambos modelos sociales proclaman el desarrollo del hombre como justificación de su propia existencia. ¿Por qué no se produce un desarme, entonces? Es fácil llegar a la conclusión por simple lógica militar: el primero en desarmarse será más vulnerable. En cualquier caso, es la falta de confianza en la otra parte la que impide una relajación en el ámbito militar. Los líderes y generales de los dos bloques entenderán intuitivamente que esto es así. No sólo ello, sino que entenderán también que la otra parte piensa lógicamente de la misma manera.

Las diferencias fundamentales en objetivos para la población humana, que es el recurso inteligencia y medio de propagación de la proyección ideológica, impide en estos casos la aplicación de una solución que maximice el bienestar humano mediante la cooperación entre naciones y una dedicación de recursos que priorice tal fin (este último factor fue más acentuado en el caso de la URSS). No obstante, a pesar del conflicto, el hecho de existir un equilibrio económico, científico y militar en dos gigantescos bloques funcionó, en cierto sentido, como factor estabilizante en la primera era nuclear.

El fin de la Historia

La etapa posterior a la Guerra Fría fue nombrada por algunos analistas como el fin de la Historia. Las democracias occidentales habían ganado la batalla ideológica. Los intelectuales liberales asumieron que el mundo tendería a una democratización progresiva a medida que los países adquirían niveles de riqueza occidentales. Por ello, la deslocalización de manufacturas a los países en desarrollo se produjo con sorprendente facilidad durante esta época, sin un rechazo determinante por parte de los líderes norteamericanos y europeos.

Los sectores de la economía que se mantuvieron en esta etapa fueron las industrias de media-alta y alta tecnología, el sistema científico y los servicios. Los servicios financieros crecieron hasta el punto de expandir gran parte de las economías de la OCDE por encima de sus posibilidades. La crisis financiera de 2007-2008, y sus sacudidas, supusieron un reajuste del orden mundial. La pérdida de confianza liberal dejó verse en todo el mundo. Los propios ciudadanos de los países más afectados cuestionaron sus sistemas económicos. El vacío de poder está dando lugar a la formación de nuevos bloques. Tras décadas de localización industrial y una larga crisis financiera y de deuda, China tiene ya un PIB ajustado superior al de EE.UU (The World Bank, 2018). En términos globales, la OCDE está reduciendo su participación en la economía global rápidamente. Hay que añadir a ello que los niveles de deuda de los países emergentes y Rusia son muy inferiores a los occidentales. Por otro lado, la demografía de la OCDE lleva varios lustros siendo recesiva. Lo que se denominó el fin de la Historia parece ahora un período de 20 a 30 años de reajuste, aun inconcluso, del orden mundial.

La vuelta a la Historia

Los analistas comienzan ahora a ver la emergencia de un orden mundial multipolar. En este nuevo orden mundial China y Rusia son más asertivas. Ambos países tienen capacidades tecnológicas avanzadas. De hecho, el Sudeste asiático apunta a la posibilidad de superar la capacidad tecnológica occidental durante este siglo (National Intelligence Council of the United States of America, 2012). Otros países emergentes como India, Brasil, Sudáfrica, Nigeria, Indonesia, etcétera, pueden conformar bloques bien organizados que busquen con mayor determinación sus propios objetivos nacionales, apoyándose en su probable proyección demográfica y económica al alza.

De distinta manera, el islamismo político está también avanzando, apoyándose en una demografía explosiva y emigrante. El islamismo político está incrementando su control en muchas sociedades a través de la diáspora, cuyos valores y objetivos sociales son conflictivos o directamente opuestos a los de la población nativa, tales como: la no separación entre Estado y religión, la condena a la homosexualidad, la penalización de la libertad de expresión, la no concesión de libertad de conciencia o una educación basada en dogma religioso frente a la evidencia científica. Su financiación proviene principalmente de los países del Golfo Pérsico. El movimiento islamista internacional está bien organizado, muy interconectado, y presenta un amplio y fervoroso respaldo popular.

Además, cuando se trata el tema de la inteligencia artificial, deben introducirse entre los actores estratégicos una categoría especial para los gigantes tecnológicos. La economía moderna está acostumbrada a corporaciones con capacidad para afectar la vida de millones de personas; factor este que se verá acrecentado en un mundo dominado por la IA. Empresas como Google, IBM, Apple, DJI, Amazon, etcétera, son los creadores de una gran cantidad de contenido software y principales adquisidores de empresas que trabajan IA (tanto compañías previamente asentadas como start-ups).

Otros grupos no estatales, como: la extrema izquierda, la extrema derecha o el terrorismo de base activista ambiental, pueden suponer fuerzas ideológicas relevantes a lo largo del este siglo.

El teatro del siglo XXI

La tendencia es la de un mundo crecientemente multipolar, globalizado y más complejo. Presentará una variedad de actores con intenciones fundamentales ampliamente variadas, así como la determinación para llevarlas a cabo. Estos actores tendrán la organización interna y las capacidades tecnológicas para ser relevantes, y son lo que se denominan IA superpowers (Lee, 2018). La globalización tiene la cualidad de hacer chocar visiones opuestas de la realidad de una manera que resulta imposible de obviar o negar, creando auténticas paradojas sociales (las cuales se acaban resolviendo bien mediante acuerdos o como conflictos). Lo que Carles G. Jung describía para el individuo bien puede aplicarse a una única sociedad global con conflictos filosóficos internos irresolubles: “The psychological rule says that when an inner situation is not made conscious, it happens outside, as fate. That is to say, when the individual remains undivided and does not become conscious of his inner contradictions, the world must perforce act out the conflict and be torn into opposite halves.” Es en este contexto en el que ha arrancado el desarrollo de la IA. Y este será el ambiente en el que la tecnología evolucione.

A lo largo de la Historia, los conflictos se producen por diferencias de objetivos entre facciones, y se han resuelto en gran medida mediante mecanismos de suma cero (donde hay un perdedor y un ganador). El conflicto ideológico se recrudece en la búsqueda del poder; y este se asegura principalmente mediante la adquisición de recursos naturales, infraestructura ciudades, canales, fortalezas, etcétera, y a través del control de la población. La población de una facción es la que finalmente asegurará la perpetuidad de un determinado sistema, cultura, nación, religión, etcétera. Este es el recurso inteligencia, y producirá tecnología acorde a sus objetivos, tanto a nivel individual como colectivamente.

La inteligencia artificial proporciona una expansión de las capacidades de un grupo para lograr sus objetivos. De esta manera, incluso un pequeño laboratorio computacional puede alcanzar relevancia internacional si consigue desarrollar el software adecuado para la tarea. El recurso inteligencia es contraintuitivo al análisis estratégico clásico. Reside en gran parte oculto, en el plano de lo que se denomina la infoesfera, entendida como la red de sustratos que conforman los sistemas de información, comunicación y organización social (R.Z. Sheppard, 1971; posteriormente desarrollado por Alvin Toffler, 1980). Un superordenador puede contener información irrelevante o un software capaz de provocar una crisis financiera global, pero desde el exterior dicha información es inaccesible. La inteligencia es un patrón de organización interna de un sistema que permite la extracción y el procesado de información para entender qué es relevante para conseguir un objetivo. Es por ello que la inteligencia artificial nos obliga a examinar tanto nuestros objetivos como los de las otras partes del ecosistema de la infoesfera. Analizar nuestra “propia programación”, en su sentido más lógico fundamental (Bertrand Russell, 1910; Kurt Gödel, 1931).

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